Recolectores de sorpresas

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  • “¿Qué hacemos?”, pregunta el Tata.
  • “Puta no sé, ni esperanzas que venga Marmolina en su auto mágico”, contesto inseguro.
  • “No creo que pueda, parece que lo castigaron”, acota Oscar.

Una cálida noche de verano parece acabar como muchas otras: Jugando al clásico “Calabaza, Calabaza”. No rondan muchas almas por la calle, todo parece tranquilo. Ideal para una de esas pelotudeces brillantes propias del barrio de Julio Verne.

Extrañamente nadie ronda el sector de Castro. la escalera del guatón Morsa está desierta y sólo transitan aquellas personas que desean regresar a descansar a casa tras un arduo día de trabajo.

  • “Oye Oscar, ¿tenís papel de regalo?”, pregunto con cara de eureka.
  • “Sí, parece … pero, ¿pa qué lo querís?”, me dice dudoso pero cagado de la risa.
  • “Adelantemos la navidad poh weón, regalemos sorpresitas”, le digo en un tono burlón.
  • “Ja ja ja ja … “, se rien todos con alma de complicidad.

Como es usual, todos desaparecemos un instante hacia nuestras casas y regresamos con los instrumentos necesarios para nuestro cometido: Papel de regalo, bolsas plásticas y lo más importante, una “palita”. El objetivo: Hacer un barrido desde los Moyano hasta la perrera en busca de mojones de perro. Mientras más frescos mejores.

  • “Ya hueón, ponte la bolsa como guante”, le digo al Juan Carlos.
  • “Pillé uno”, grita emocionado el Tata, cual ganador del loto.
  • “Uhhhhhhhhhhhhhhhhh …”, exclamamos todos, ” … ¡¡y está en su punto!! …”, agregó.

Oscar se caga de la risa. Esta frase se convertiría en la “oficial” que debería decir un verdadero y auténtico “catador de mierda” a la hora de su aprobación. Hallar uno con choclos se constituiría más tarde, en el summum de tal extraña afición.

Luego de varios intentos fallidos, el botín es pobre. Pese a que la idea es considerada brillante, la población canina del barrio parecía no acompañarnos.

  • “Uuuhhhhhhhhhhhhhh cacha Oscar, cacha Lale, ven Tata … “, grita Juanqui como loco.

Los ojos del grupo se iluminan como quien ha encontrado el santo Grial. Éramos los Howard Carter de la bosta, textualmente pisábamos la tierra santa de la meca. Un hedor insoportable nos hacía taparnos sin éxito nuestras narices, esbozando entre los géneros una sonrisa de pendejo malo quién se trae algo bueno entre manos.

  • “Lávate la concha poh weón”, decía Juanqui en tono burlón.
  • “Mejor lávate los dientes voh poh”, respondía otro.
  • Era un pescado podrido. Inerte yacía aquel tesoro indigno listo para ser depositado con guante de terciopelo en nuestros “mágicos” envoltorios, listos para repartir “felicidad” a nuestros amados vecinos. Sólo faltaba el objetivo.
  • “Vamos a cachar a Tocornal”, dice uno de los muchachos.
  • “Ya poh”, asiente el resto.

Acto seguido se lanzan a recorrer la calle vecina en busca de alguna víctima. Y cuando creíamos que nada iba a funcionar, sí lo hace aquel viejo y conocido dicho: “Cuando se cierran todas las puertas, se abre una ventana”. Pasa una micro y nos hacemos los locos. “¡Ahora!”, grita uno de los muchachos. Se ven luces encendidas, pero da lo mismo. La consigna es regalar “alegría”.

“Satán Clos”, grita con voz de mongolito Juanqui, imitando a Caperucito’s boy.

El pescado raja el envoltorio y cae junto a la ensalada de choclos y chocolate por la ventana hacia el interior de la casa. Es hora de correr. Un tumulto de risas baja hacia Julio Verne gritando leseras dignas de la ocasión. Una luz se ha prendido en la casa “regalada”. La operación fuga ha comenzado.

Continuará …

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