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Caperusito en armas

with Sin Comentarios

 

“¡Riiiing!”, suena mi timbre. Es el Juampi, viene de tomar once y ha comenzado su diaria tarea de reunirnos a todos para la “patita nocturna”. El sitio elegido: “El hoyo”, un cauce de anormal tamaño que sirve de resumidero para las aguas que bajan de calle Tocornal. Sus bordes, son perfectos como bancas para “echar la talla” durante un momento.

  • “¿Qué hacemos?”, le pregunto.
  • “Vamos a buscar al Tata y al Oscar, parece que el Osquito también andaba por ahí”, me contesta.

Acto seguido, se asoma el Jaime y el Checoso viene del centro. Estamos todos reunidos. Son alrededor de las 9 y media de la noche y ya está oscuro hace bastantes minutos. Las risas van y vienen en lo que parece una jornada normal para los “Morton”.

De pronto una sombra tambaleante se aproxima por el sector de calle Castro. Es Caperucito, el repara teles. Bueno, aunque demore años, a veces lo logra. Su vacilante andar es producto de unos tragos de más, algo habitual en este singular personaje y declarado archienemigo nuestro.

Sólo atinamos a mirar cómo se aproxima. El “hoyo” se ubica justo en frente a su casa, pero no inmediatamente encima, por lo que hay bastante espacio para maniobrar un transitar “pacífico”. Se nos acerca de manera indetenible.

  • “A ver, déjame pasar weón”, nos dice agresivamente apartándonos de su camino.

Debido a la notoria borrachera que lleva a cuestas, pierde el equilibrio y se va de bruces hacia el hoyo que nos cobija en ese momento. De pronto y en una rápida acción, Jaime logra asirlo del brazo.

  • “Suéltame weón”, le dice altanero.
  • ” … ¿así que ustedes me rompieron la baranda? …” insistió balbuceando. “¿Se creen muy inocentes, blancas palomas? ¿Se creen caperusitas inocentes?”, esputó enrabiado. Tal como relatare Coco Legrand en reiteradas ocasiones, se sacudió los pantalones y siguó zigzagueante hacia su morada. Todos hemos quedado mudos por el episodio vivido.
  • “¿¿Qué chucha este viejo de mierda??” … “Casi se va de hocico y nos echa la foca” … “Caperucito reculiao”, claman unas confundidas voces en el “hoyo”.

La noche sigue su curso y todo parece haber vuelto a la normalidad. De pronto la puerta de la mansión caperusita se abre y en uno de los hechos más risibles de la noche, el otrora chacal de los condensadores y las resistencias, escoba en mano, sale a barrer su puerta a tales alturas de la noche. Acto seguido, envía a su perro “Kaiser” a vigilar y a merodear los alrededores de su casa para mermar cualquier intrusión en sus dominios.

 

 

  • “Vé a vigilar”, le dice arengando al cancerbero de cuarta.

Atónitos, no atinamos más que a reír y a webear al perro, que no amedrenta ni a un niño de 4 años. Los comentarios no se hacen esperar y tratamos de buscarle una explicación a todo lo que está sucediendo.

Oscar cree que está muy borracho como para cachar lo que está haciendo, el Juampi dice que debe ser porque la otra vez le agarramos la puerta a piedrazos y se está vengando.

  • “Ta loco este weón”, le digo a los chiquillos.
  • “¿Y qué cresta cree que hace con ese perro ahí?”, replica Jaime.

Nuevamente se abre la puerta, y cuando esperamos algún insulto de parte del técnico, sólo llama a su perro y lo entra. Su misión aparentemente ha fracasado. Mientras tratamos de descifrar el enigma, un zumbido pasa por nuestras orejas y termina en un ruido sordo en la reja de la casa de Victor Garra, lugar que parapeta al “hoyo”.

  • “Uuuhhh, cachaste eso”, dice el Tata.
  • “Fue un piedrazo”, contesta el Oscar.

Pafff. Suena el siguiente.

  • “Agáchense cabros, nos están tirando piedras”, dice el Osquito.
  • “¿¿De dónde vienen??”, pregunto tratando de esquivar algo que no veo.
  • “Miran cabros, cachen, entremedio de las ramas … en la casa del Caperusito”, dice el Juampi.

En un acto más coordinado que el ballet del Festival de la Una, todos levantamos la mirada al unísono y vemos una de las escenas más bizarras que hayamos vivido durante toda nuestras jornadas en la calle: Caperusito con un casco, estilo comando, oculto entre las ramas de su casa tirándonos piedras a mansalva sin razón aparente.

  • “Caperusito culiao”, no tardamos en gritarle.
  • “Métete los atornilladores en la raja, aweonao”, seguimos.
  • “Cabros culiaos”, nos contesta mientras se oculta para recargar municiones.

Decidimos huir. Abandonamos momentáneamente el “hoyo” para buscar un refugio más seguro. Nadie quiere irse con un chichón a acostarse, pero en nuestras cabezas ya rondaba la idea de la venganza. Nos habían atacado sin provocación alguna.

La semilla ya había sido plantada y sería a través de la vía telefónica donde ésta germinaría, de lo cual, por suerte, hay un registro grabado.

Continuará …

¡¡DOBLE ACTUALIZACIÓN!!

Así lo publicó “El Farso” en su edición del 8 de diciembre de 1996, titulando en portada “El Ataque de Caperusito”.

 

Nota interior del Farso del 8 de diciembre de 1996.

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