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Escalera al infierno

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La polvareda dejada tras la estampida hacia Julio Verne es corolada con risas y gritos propios de la ocasión. Muchos nos hemos refugiado a un costado de la casa del Juanqui, otros se ocultan bajo la ventana del mítico “Victor Garra”. No debemos ser descubiertos por nuestra casa “favorecida”.

“SShhhhttt, cállate weón, no veí que estan sapeando por la ventana con la luz apagada”, dice el Tata.

“¡¡Que estai sapiando vieja culiaaaaaaaaaaaaaaaaa!!”, grita Juanqui en su mejor esfuerzo para imitar al primogénito de Caperucito.

Estalla una de esas risotadas ahogadas por el temor a ser descubierto. Aún se ve una silueta en la ventana de la casa, que tiene una galería y una vista privilegiada hacia nuestros terrenos. Estratégicamente nos tienen de los huevos. Alguien se tira un peo.

“Puta el weón hediondo”, dice el Tata entre risas.

Me cago de la risa. Tirarse un peo en esa situación donde nadie puede arrancar ni alegar por su putrefacción, es un manjar reservado sólo para estos momentos. Me alegro de haber comido porotos en la mañana.

Cierran la cortina. Es hora de arrancar. Nos sentamos en la escalera del guatón Morsa satisfechos por la “misión cumplida”, pero aún queda demasiada noche como para entrarse a ver Unovisión, y en su defecto, a las chicas de poleras mojadas del 12 x 24.

“¿Qué hora es?”, pregunta Juanqui agitado por el carrerón.

“Es la hora de divertirse”, contesta Oscar con risa de bufón.

“¿Quedan bolsitas?”, le pregunto.

“Sí, ¿porqué?”, me contesta con cara de intriga.

“Pa seguir recolectando mierda poh”, le contesto.

La idea es aprobada. Parecemos haberle robado el pasatiempo a los recién nacidos: Jugar con caca. La faena sigue pero esta vez hacia el sector de la perrera. No podemos arriesgarnos a ser sorprendidos por una brigada desde Tocornal. Sería un suicidio estratégico.

Cerca de la casa del Checoso la tierra es generosa y comparte varios trozos de bosta con nosotros. La madre naturaleza cree en nuestro gesto pro reciclaje y nos concede los más suculentos budines recientemente cuajados. Habíamos dado con un perro con diarrea.

“UUuuuuuuuhhhhhhh”, se iluminó el rostro de todos. Parecíamos niños con juguete nuevo.

Esta vez, el botín es cuantioso. Los más duros y blancos son desechados pero Juanqui insiste en tirarnos algunos trozos.

“Ya poh weón córtala”, le dicen todos.

Falta el “sitio del suceso”. Pese a la cómplice soledad de la calle, aún se desplaza gente hacia sus hogares, sobre todo por la escalera que conduce a la calle de abajo: Eloy Caviedes.

Las miradas se cruzan, las dendritas y neuronas hacen clic y ¡zas!. Un poste cagón alumbra a medias y deja en semi penumbras el lugar, ideal para una “intervención” artística.

“Juanqui, quedate acá avisando si viene alguien”, le digo.

“Tu Tata ve abajo”, le dice Oscar a su hermano menor.

De pronto se produce el instante propicio para actuar. Baja la temperatura y un viento frio sirve para refrescarnos del calor del verano, y de paso llevarse el olor a mierda bajo nuestras narices. La escalera es perfecta: El primer tramo está a medio iluminar y es lo suficientemente largo para “regarlo” a nuestro antojo.

Entre risas ansiosas ponemos a un “niño” en casa escalón, lo suficientemente oculto para que un caminante distraído bañe sus zapatos en esta plastilina de origen animal. La luz del poste empieza a oscilar, se prende y se apaga. Era el golpe de suerte que necesitabamos.

Debido a lo cuantioso del botín, sobran varias piezas de un rico valor que no estamos dispuestos a desperdiciar por ningún motivo. Pienso un minuto.

“Ya weón, presta pa acá”, le digo al Oscar.

“¿Qué vai a hacer?”, me pregunta.

Acto seguido, tomo los elementos de consistencia más licuosa y emulando a quién pulirá el pasamanos con abrillantador, lo embetuno con mierda para opacar su brillo y de paso sorprender aún más a nuestros queridos pasajeros.

Nos cagamos de la risa. Poco o nada podemos aguantarnos las ganas de comenzar a contar las víctimas. La mesa está servida y sólo faltan los invitados. Nada puede arruinar este gran momento. Entre risas vemos el agujero que dejó el “bombazo” de chispitas cuando el Tebby lanzó una piedra desde unos 3 metro de altura para detonarla.

“Uhhh, te acordai de eso”, me dice el Oscar.

“Y te acordai que el gil culeco apareció entre el humo como Terminator”, acota.

Subimos rápidamente y nos apostamos en nuestra trinchera con vista preferencial: Los altos de la casa del guatón Morsa. Una silueta se divisa a la distancia, es la primera víctima. La risas ansiosas no se hacen esperar … queda poco para que el trabajo de una noche de vagancia de sus frutos.

Continuará …

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