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Nuestro primer carretón

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Quedamos asombrados aquella tarde de verano. El sonido del metal en el pavimento nos despabiló por completo de nuestro letargo futbolero. Era el “Petete”, uno de los “rudos” de la vuelta, quién haciendo caso omiso del normal ir y venir de aquellos días, donde lo que más hacíamos era jugar a la pelota, lucía un flamante carretón, con un diseño fuera de lo común, simple y funcional: Era triangular (un deportivo de tres ruedas).

En el costado derecho tenía una palanca que cumplía la función de manubrio, y su diseño repartía equitativa y satisfactoriamente el peso del “menudo” tripulante. Sólo se jactaba ante nosotros con tamaña máquina y se deslizaba burlonamente una y otra vez por la ladera de la calle Julio Verne.

No les puedo negar que al mirarnos con el Ale nos vino un tipo de envidia de niño (que a la larga es envidia igual), lo que produjo que nos pusiéramos manos a la obra y cranear cómo sería nuestro primer carretón.

Fueron semanas de intentos y diseños frustrados, que en ese entonces, parecían verdaderos planos de ingeniería. Era para muchos de nosotros el primer acercamiento con lo que se podría denominar un vehículo.

La verdad es que los intentos para lograr el objetivo terminaron casi agotando los medios de los que disponíamos en ese entonces: Pasaron a mejor vida cajas de lavadoras (con sus respectivos plumavit), ruedas de bicicletas (creo que eran de mi prima Paola), y un triciclo completo que era del Fernando. El resultado siempre era el mismo: el Ale, (que en esa fecha era algo así como el piloto de prueba) se subía al seudo carretón y duraba no más de un segundo arriba ya que se desarmaba por completo.

Estábamos agotados y no encontrábamos la piedra angular que sirviera de sustento para tan importante obra. Como es una constante en la historia de la humanidad, todo descubrimiento ocurre por casualidad y en este caso no sería diferente …

En uno de esos paseos por el gallinero 10, (propiedad de Mandinga, el abuelo del Ale) lo vimos colgado, intacto y casi pidiendo volver a correr por las calles. Era un carretón, como los de antes, incluso mejor que el del “Petete”. Subutilizado, adornaba o más bien tapaba un hoyo en la pared de uno de los gallineros, impidiendo la libertad de la “broile”. Nuestra siguiente misión, era rescatarlo de tan reprobable condición.

Era la solución a nuestro problema. Al fin el objetivo sería cumplido. El único escollo sería cómo lograr apoderarnos de aquel tesoro tan valioso para nuestros propósitos.

Como de costumbre, el Checoso estaba involucrado en el que consideramos el mejor de todos los planes. Se acercó donde Mandinga y “osó” pedirle el carretón. Inquietos, esperábamos ansiosos el desenlace de aquel épico encuentro …

Continuará …

Rodrigo Morales

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