¡Coleccionar el álbum del mundial era un deber de todo fanático futbolero! No importaba si después tu selección favorita perdía en primera ronda.
Lo importante era tenerlo, hojearlo y, sobre todo, llenarlo.
Cada cuatro años, editoras como Salo o Panini nos deleitaban con estos coleccionables donde podíamos ver y juntar a los futbolistas tops de cada cita mundialera.
Pero ojo, porque antes de que Panini se volviera el rey absoluto del fútbol, había un nombre que mandaba: Salo.
Ellos fueron los que nos enseñaron el ritual de comprar sobres, encontrar repetidos y sufrir con la última lámina.
Y algunos álbumes ni siquiera los lanzó Salo, sino Coca Cola en promociones, como el mítico álbum de Italia 90. Sí, porque las marcas también querían subirse a la fiebre del mundial.
El verdadero rito era el intercambio.
Juntarse con amigos o compañeros del colegio, cual traficante y negociar como si fuera la bolsa de valores. “Te doy dos belgas por un brasileño”. “Ese Vöeller está repetido, te la cambio por un Maradona con la esquina doblada”.
Y cuando ya faltaban pocas láminas, la desesperación nos llevaba al vendedor de la calle. Ese señor misterioso que tenía un banquito, una caja con sobres abiertos y vendía las láminas de a una. Caras, sí. Pero necesarias.

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